Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas.

(Cortázar, 1963/2013, cap. 73)

Resumen

Este artículo reflexiona sobre la creación artística como una fuente de conocimiento del cuerpo y de la experiencia extracotidiana. A partir del concepto de “tura”, entendido como una práctica constante de transformación, el texto plantea que el aprendizaje artístico no solo implica dominar una técnica, sino habitar corporalmente un proceso de exploración, disciplina y autoconocimiento. Desde el arte, el diseño y la docencia, se propone pensar el cuerpo como un territorio sensible que aprende mediante la repetición, el gesto, el movimiento y la atención plena. En este sentido, las prácticas artísticas permiten desplazar la mirada de lo cotidiano hacia formas más conscientes de percepción, acción y pensamiento. El artículo sostiene que enseñar desde el cuerpo implica reconocer los saberes subjetivos, emocionales y sensoriales que intervienen en toda experiencia creativa, así como su potencial para construir conocimientos significativos dentro y fuera del aula.

Palabras clave

Tura, cuerpo extracotidiano, creación artística, enseñanza artística, autoconocimiento, experiencia corporal.

Figura 1. Tekzilli Miranda Nateras, ilustración digital (2026).

Ejercer una actividad artística confiere al ejecutante una perspectiva nueva de lo que lo circunda: revalora la forma en que experimenta la realidad generando nuevas nociones, desde las cuales puede transformarse y crear nuevos andamiajes de sentido.

La tura es una necesidad constante de crear, de hacer a nuestra forma, desde nuestra perspectiva y con nuestras herramientas: “agricultura, piscicultura, todas las turas del mundo” (Cortázar, 1963/2013, cap. 73); un camino que vislumbra una idea de lo verdadero renovado; en cada cultura, en cada época, en cada obra de arte hay una necesidad de dar voz a una perspectiva. Todos podemos hacer la tura, desde cualquier trinchera, desde cualquier disciplina, la creatividad es la semilla del cambio.

La “pura tura” no solo es el amor, como plantea Cortázar (1963/2013, cap. 73), sino la creación y el amor por la producción artística, pues en ella se mira lo cotidiano, se disecciona y se reconstruye con la seriedad que un juego exige.

La investigación artística nos sitúa en un ambiente poco habitual, pues nos obliga a ocupar tacto, vista, oído, gusto y olfato de manera diferente, por ejemplo, al aprender a tocar un instrumento es necesario adoptar una postura que permita adaptarse a él, sentir sus relieves y adecuar dedos, ojos e intelecto a una forma nueva, para seguir el ritmo y la partitura: se crea una homeostasis (una autorregulación corporal inconsciente) adecuada a esta nueva labor extracotidiana o no ordinaria.

Lo mismo sucede al aprender a hacer grabado: adecuarse a trabajar el linóleo y a usar la gubia, a la forma en que se acomoda el dedo para poder crear líneas delgadas o gruesas; o al buril y el barniz, a la presión suave para hacer líneas que dibujen luces y sombras, o la xilografía, que exige fuerza y el uso del empuje de las piernas para hacer huecos en maderas duras como el cedro o el pino; en estos ejemplos encontramos que cada persona crea su propia forma de disponer el cuerpo para tomar la gubia, de operar el bruñidor, hacer líneas, influenciadas incluso por su respiración o sus nervios, creando en cada caso un conocimiento personal que aplicara para lograr el cometido creativo.

Así, al aprender arte, o la tura, la creación proporciona un tipo de conocimiento específico al cuerpo; no solo el que se describe para aprender correctamente una disciplina, sino aquel que incluye la experiencia subjetiva que se produce en el interior del cuerpo en movimiento (Volli, 2001).

El cuerpo como fuente de conocimiento se da tanto en lo cotidiano como en lo extracotidiano: al aprender a lavarnos los dientes, al abrochar las agujetas, o al querer hacer el menor esfuerzo al tender la cama, en lo cotidiano; pero el conocimiento extracotidiano que se da desde la pura tura es uno que no sirve a la sociedad del todo, es una experiencia subjetiva, que abona al autonocimiento y a la persona que lo experimenta.

Las técnicas extracotidianas del cuerpo, como las aborda Volli (2001), desmarcan al sujeto de una intelectualidad que le ordena hacer o no hacer, de una normatividad que le ha impuesto, desde antes de hablar, una sociedad: se ciernen a la imitación y creación de movimientos inéditos, a la respiración regulada por nuevos parámetros marcados por una nueva forma de hacer, que sale de tender la cama; es, más bien, una forma única de resolver un cometido creativo. Por ello, se debe comprender que al crear es menester admitir que el cuerpo aporta conocimiento y que este acompaña a la intelectualización: los elementos biológico, psicológico y social son indisolubles al momento de aprender.

 

La enseñanza a la luz de las turas y el cuerpo

Ya se ha entendido la importancia del cuerpo al aprender y la pedagogía ya ha hecho patente su importancia en la enseñanza desde diferentes modelos, sin embargo, se han quedado en el horizonte de lo cotidiano: un ejemplo es la obra de Johann Heinrich Pestalozzi, quien en su lema “cabeza, corazón, manos” plantea la importancia de entender al ser humano desde el intelecto, lo emocional y lo pragmático (Pestalozzi, 1801/2009). El juego era el elemento que permitía al educando aprender desde estos tres ejes, pero sin concientizar del todo la labor del cuerpo, solo tenía la intención de generar una integración social del sujeto: el cuerpo se diciplina para la obtención de una conducta determinada para integrarse y funcionar en sociedad.

El cuerpo es el elemento pragmático que nos conecta con la sociedad, y el cuerpo se entiende, estudia y aplica para el servicio de la cotidianidad, lo que quiere decir que existe un olvido del cuerpo en lo cotidiano, en palabras de Heidegger: la cotidianidad homogeniza y regula las posibilidades de los sujetos a partir de lo que se dice sobre que está bien o mal, y hace que las personas sucumban a la inercia del día a día, dejando de lado las particularidades que adormecen su autoconciencia plena. Lo que nos deja con una parte indefinida de conocimiento que en las artes es imporante, y que es necesario rescatar para documentarlo y generar una enseñanza desde el cuerpo desmarcado de la cotidianidad, para optimizar la forma en que aprendemos y también en la que damos clase.

Referencias

Cortázar, J. (2013). Rayuela (Ed. conmemorativa 50 aniversario). Alfaguara. (Obra original publicada en 1963)

Heidegger, M. (2012). Ser y tiempo (J. E. Rivera C., Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1927)

Pestalozzi, J. H. (2009). Cómo Gertrudis enseña a sus hijos: Ensayo de cartas con directivas a las madres que enseñan a sus hijos (1801) (J. M. Quintana Cabanas, Trad. y ed.). PPU. (Obra original publicada en 1801)

Volli, U. (2001). Técnicas del cuerpo. En H. Islas (Comp.), De la historia al cuerpo y del cuerpo a la danza: Elementos metodológicos para la investigación histórica de la danza (pp. 76–102). Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.